Barcelona, 2019: calles en llamas, patatas fritas, gas lacrimógeno y selfis

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Barcelona. – «Dos llevo hoy ya. Su puta madre, tío», dice un muchacho que se retira de la primera línea de fuego tras recibir el impacto de una bala de goma en la pierna. «Perdona, ¿me puedes decir la hora?», pregunta un policía a este periodista una vez vaciada la plaza Urquinaona. Son las once, señor agente.

La pasada noche, la más violenta de las cinco jornadas consecutivas de disturbios en las calles de Barcelona, vio escenas surrealistas a pesar de la intensidad de los enfrentamientos, que comenzaron el lunes pasado tras las penas de prisión que dictó el Tribunal Supremo español a nueve dirigente catalanes por el intento secesionista ilegal de 2017.

La plaza de Urquinaona fue durante más de cuatro horas escenario de una auténtica batalla campal, con centenares de jóvenes incendiando contenedores de basura y arrojando piedras y otros objetos contra la policía mientras se resguardaban de balas de goma, botes de humo y gases lacrimógenos.

En la zona, dos barricadas incendiadas separaban a las líneas policiales de los manifestantes, que conquistaban o perdían terreno según el momento, aunque al final quedaban más o menos siempre en la misma posición.

¿Pero quienes eran esos miles de jóvenes? Según las autoridades y expertos, hay un núcleo duro de 500 radicales, apoyados por extremistas antisistema llegados de otros países que utilizan tácticas de guerrilla urbana.

Los hay que parecen salidos de un videojuego, equipados estilo ‘black bloc’: de negro, con «buff» y capucha, casco, gafas de esquí y máscara para paliar los efectos del gas lacrimógeno.

Son los que la lían más: destrozan la acera para conseguir piedras que lanzar, mueven e incendian contenedores, tiran sillas y arrancan postes. Alguno incluso dispara fuegos artificiales contra la línea policial.

Pero basta retroceder pocos metros para ver que el perfil cambia. Caras destapadas, banderas independentistas pegadas al cuerpo, turistas que alucinan y móviles grabando la escena, con algún selfi de regalo. Cerveza, patatas fritas y llamadas a los amigos para que se vengan a ver la que se ha liado. Pocas intenciones de lanzar cosas, pero sí curiosidad y ganas de pasar una tarde de viernes entretenida.

No hay nadie que dirija los ataques a la policía, las cosas van fluyendo. Unos siguen a otros, se dan consejos entre sí, se alertan de los peligros y unen fuerzas para avanzar posiciones. Sí, como si fuera un videojuego.

Muchos de ellos apenas alcanzan la mayoría de edad, pero ya saben cómo moverse en estas situaciones. ¿Botes de humo lanzados por la policía? Pues se pisan y se les tira agua para que se apaguen. ¿Balas de goma? Todos de espaldas, no vaya a ser que nos saquen otro ojo. ¿Gas lacrimógeno? Retrocedamos, pero con tranquilidad, sin correr ni perder más metros de los estrictamente necesarios.

Y en medio del barullo, escenas surrealistas. Dos hombres jugando al ajedrez en plena calle con el fuego de una barricada a sus espaldas -inmortalizados para Efe por el fotoperiodista Quique García-; una mujer que fuma impasible apoyada en el portal de su casa, a tres metros de chavales que lanzan piedras contra la policía al doblar de la esquina; un joven que, a ritmo tranquilo, pide paso con su bicicleta mientras esquiva botes de humo que caen del cielo.

Estando en medio, uno no siente que la cosa vaya de reivindicaciones independentistas. La sensación más bien es que son jóvenes con un subidón de adrenalina, que sienten más bien poco aprecio hacia las fuerzas del orden y que tras varios días de protesta han aprendido ya a manejarse en situaciones como esta.

Pero no son extraterrestres -al menos no todos-, son barceloneses corrientes. Este periodista se topó a lo largo de la tarde con cuatro personas con las que ha coincidido a lo largo de su vida por circunstancias distintas.

Aunque lo más importante, siempre, es no perder la perspectiva: muy cerca de la plaza de Urquinaona, un restaurante atendía con normalidad a sus clientes y dejaba ir al baño a todo aquel que lo preguntara con un mínimo de educación.

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