El final feliz de «mis hijas» Julieht y Nohemi, con las que viajé a la valla de EEUU en la Caravana Migrante

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Tegucigalpa/España- Un periodista del periódico El Mundo de España que cubrió la caravana de migrantes en México, relató cómo dos niñas hondureñas le robaron su corazón y lo convirtieron en padre, hoy dice estar alegre ya que recibió noticias de “mis hijas” como cariñosamente les decía y que tras cruzar la frontera se encontraban bajo custodia en EEUU ya fueron liberadas y entregadas a su madre.


Proceso Digital reproduce la nota que hoy salió publicada en la página web www.elmundo.es.

-El reportero de este periódico en la gran caravana recibe el mejor regalo de Navidad.

-Las niñas de 10 y 12 años de Honduras a quienes «llamaba cariñosamente mis hijas» y que estaban bajo custodia en EEUU fueron liberadas.

-Ya están con su madre, Karen Xiomara, en Carolina del Sur. Ellas le cuentan el reencuentro.

Un mes en el interior de la Caravana Migrante le pueden convertir a uno incluso en padre de dos niñas hondureñas. La paternidad me duró sólo unos días, pero lo suficiente para llegar a querer como si fueran mis hijas a Julieht y Nohemi, de 12 y 10 años, respectivamente.

A la primera, por su aspecto físico similar al mío, la llamaba cariñosamente «mi hija», mientras a la segunda, que siempre cubría su pelo con una capucha, la conocía como mi «secretaria segunda», dado que siempre estaba dispuesta a ayudarme en lo que necesitara o me buscaba a la persona con la que quería hablar.

Las conocí en el Estadio Benito Juárez de Tijuana, donde 5.000 personas de la Caravana Migrante dormían a la espera de cumplir su sueño americano de entrar en EEUU. Ellas viajaban con su tía y sus primas, procedentes de Saba, Colón, en Honduras. Desde ahí se sumaron el 13 de octubre a la Caravana Migrante que partió desde la ciudad hondureña de San Pedro Sula.

Julieth y Nohemi recorrieron caminando y a bordo de camiones más de 4.000 kilómetros para reencontrarse con su madre, Karen Xiomara Rodríguez Orellana, de 33 años, quien desde hace tres las esperaba en North Charleston, Carolina del Sur.

Ella decidió en 2015 emigrar a EEUU junto a otro hijo de año y medio «por la falta de trabajo y la delincuencia» que asola Honduras. Tras 10 días montada en camiones, entró por la frontera mexicana de Monterrey, en EEUU, donde trabaja pintando por 13 dólares la hora.

Antes de embarcarse en este viaje que la llevó hasta Carolina del Sur, tuvo que despedirse de Julieht y Nohemi a quienes dejó con una de sus hermanas a la espera de poder llevarlas con ella a EEUU.

«Mi vida sin ellas era muy triste y ya había pensado en regresar a Honduras en febrero o marzo», rememora Karen, quien señala que tras enterarse de la Caravana Migrante, llamó a sus hijas y les dijo que «si tenían valor para venir, yo las apoyaría».

Pese a su corta edad, las menores no se lo pensaron dos veces y emprendieron un camino en el que durmieron en la calle, caminaron durante horas a temperaturas de más de 40 grados, pasaron frío en el desierto y tuvieron que saltar el muro que separa México y EEUU de la mano de un coyote, que cobró 1.000 dólares por las dos.

Pese al discurso antiinmigrante del presidente estadounidense Donald Trump, mis hijas de la Caravana Migrante lograron juntarse con su madre en Nochebuena.

«Me llegaron por sorpresa y fueron mi regalo de Navidad», destaca Karen, quien recuerda que antes de que Julieht y Nohemi pudieran abrazarla entre lágrimas tres años después de decirse adiós en Honduras, las menores estuvieron seis días en una ‘cárcel’ de migración en San Diego y otros 15 en una casa hogar para menores migrantes en Texas.

Las niñas no pudieron despedirse de mí antes de partir con un coyote hacia EEUU.Dos días antes fuimos a la playa de Tijuana, separada en dos por un muro de hierro de color marrón. A un lado, la misma ola rompe en EEUU y al otro lado, en México.

Un helicóptero del control de las fronteras estadounidense sobrevuela la zona para evitar que los migrantes salten el muro o lo atraviesen nadando, debido a que a unos 200 metros de la playa se puede bordear y entrar ya en otro país.

En un principio, Julieht y Nohemi no tenían permiso de su tía para poder bañarse en las frías y agitadas aguas del océano. Finalmente, la convencieron con el argumento de que yo me encargaría de vigilarlas.

La Policía de México puso fin a los baños y a las carreras por la playa cuando llegaron dos patrullas para exigirme que me tapara inmediatamente, ya que estaba prohibido bañarse en ropa interior y lo consideraban un grave escándalo del cual nadie, salvo los agentes, se había dado cuenta.

En los albergues de la Caravana Migrante, apenas había actividades destinadas a los niños y mucho menos libros con los que poder entretenerse, así que un día tras ver por la tarde a Julieht sentada en su colchoneta con la mirada perdida, le pregunté qué había hecho ese día. «Nada», me contestó.

Tras cuestionarle sobre qué le gustaría hacer, no se lo pensó y dijo que le encantaría leer, pero que no tenía ningún libro. Inmediatamente, puse fin a esa situación y le regalé un cómic sobre Cleopatra que acababa de adquirir en un quiosco de periódicos.

Le prometí que, cuando lo acabara, le compraría otro, por lo que devoró el libro leyendo toda la noche y al día siguiente ya estaba pidiendo otro.

Muy diferente era la situación de su hermana de 10 años, quien no sabía ni leer ni escribir. A Julieht ya no le pude regalar un segundo libro sobre cuentos, porque cuando la busqué al día siguiente para dárselo, me informaron que ya se había ido a cruzar el muro.

Seis días en la ‘perrera’

«Me debes un libro», es lo primero que me dice la niña telefónicamente desde Carolina del Sur, donde lleva ya seis días, junto a su madre y donde la escucho por primera vez desde hace tres semanas. «Me ibas a enseñar inglés, pero al día siguiente lo perdimos», asegura la menor.

«Ya no me acuerdo de la Caravana Migrante, salvo del día que brinqué el muro y que sí pasé miedo». Una vez en EEUU, reconoce que, cuando llegó la patrulla fronteriza a detenerla a ella y a su hermana, se puso alegre.

«Sabía que era Migración la que me iba a agarrar y me sentí protegida», cuenta. «Fuimos a la cárcel de migración seis días, donde nos encerraron con otras mujeres y niños y donde todos los días nos ofrecían la misma comida: tortilla de harina y frijoles, y un jugo», recuerda. En este lugar, Julieht indica que se sentía un «poco triste». Además, «no nos dejaban ducharnos», añade.

Inmediatamente pide el teléfono su hermana Nohemi, quien afirma estar feliz en EEUU tras juntarse de nuevo con su madre. «Aquí me van a enseñar a leer y escribir», destaca, al tiempo que recuerda las malas condiciones en las que estuvo en la perrera, que es como se conoce popularmente al centro de detención de migrantes, debido a las rejas similares a una jaula. «No había cama y dormíamos en colchones y una manta de nylon. Me moría de frío», lamenta.

Posteriormente, detalla que fue trasladada junto a su hermana en avión a una casa hogar en San Benito (Texas), donde permanecieron quince días y donde por fin ya pudo dormir en una cama tras un mes de travesía atravesando Honduras, Guatemala y México.

El 24 de diciembre, Karen, la madre de las dos niñas, recibió una llamada telefónica de la persona encargada del caso de sus hijas en la que le explicaba que sólo podría juntarse con ella si pagaba 2.500 dólares, una cantidad inasumible.

Horas después, la volvieron a llamar para anunciarle que las niñas ya estaban volando rumbo Carolina del Sur. «Cuando las vi llegar, sentí que rejuvenecí cinco años», recalca esta mujer que lo primero que hizo fue colgar una foto de las menores en su estado de WhatsApp con el siguiente mensaje: «Mis reinas.

Las esperaba cada día con ansias y hoy están junto a mí. Es el mejor regalo de Navidad que pudo darme mi Dios».

Esa misma noche degustaron en familia la cena de Nochebuena consistente en carne asada y tortillas de harina con guacamole y salsa picante. Allí, las menores recibieron su regalo: conocer a su nueva hermana y hermano nacidos en EEUU.

Nohemi se despide por teléfono: «¿Dónde estás ahora?». En España, respondo. «Venite para acá. Te invito, porque te extraño. Mañana ven, que te voy a pagar el billete de avión y te voy a presentar a mi familia como la persona que graba todo».

Algún día no lejano se producirá el reencuentro con mis hijas de la Caravana que me dieron el mejor regalo navideño al saber que ya están con su madre.

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