El Cairo – Cuando Bejitah Huseín llegó a Egipto desde Sudán hace once años con la esperanza de encontrar una vida mejor y más segura, era una mujer vulnerable, no conocía a nadie y sus esfuerzos por integrarse en la sociedad eran en vano.

Fundamentalmente se quedaba en casa, sufría angustia emocional y llegó a pensar que su vida sería mejor si retornaba a su ciudad natal.

Pero cuando su vecina le contó sobre el centro comunitario «Tadamon», y sus esfuerzos para empoderar a mujeres refugiadas con servicios de asistencia y consejo, Huseín optó sin dudarlo por acercarse a pedir ayuda.

«Tadamon me ayudó a construir una nueva vida, una donde siento que pertenezco», dijo a Efe esta mujer de 35 años madre de dos hijos.

«Mis días ahora están siempre completos. Vengo casi cada día, no solo para tomar parte en las actividades que el centro ofrece, sino también para ayudar a otras mujeres a ajustarse a una vida alejadas de su hogar», comentó.

UN MAR DE SERVICIOS

«Tadamon», solidaridad en árabe, ayuda a mujeres refugiadas, en su mayoría procedentes de Sudán, Sudán del Sur, Somalia, Etiopía, Eritrea, Yemen y Siria, a encontrar su lugar desde 2010.

El centro, registrado como una ONG y localizado en el distrito cairota de Maadi, al sur de la ciudad, provee a las mujeres con un amplio abanico de talleres, como bordado, costura o cocina, así como lecciones de idiomas e informática.

Pero más que nada, ofrece un muy necesario espacio seguro para hablar sobre los muchos problemas que padecen para llegar a fin de mes mientras luchan para asentarse en su nuevo país.

Actualmente, Egipto acoge más de 270.000 refugiados y solicitantes de asilo, casi la mitad de ellos niñas y mujeres según los datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Además, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) apunta que en Egipto hay cerca de seis millones de migrantes, muchos de los cuales son de Sudán o Sudán del Sur.

«Muchos migrantes eligen Egipto como su país de destino. Otros vienen con planes para ir a Europa, pero la mayoría termina varada aquí por años», indica a Efe Fatima Said, la gerenta del centro y una de sus fundadoras.

INHALA, EXHALA

Cada semana, en una pequeña habitación, las mujeres tuestan al fuego granos verdes de café y prenden barras de incienso.

Luego muelen los granos tostados en un mortero antes de pasar el café y servirlo en una taza de cobre de colores, una ceremonia del café sudanesa que sirve como recordatorio del hogar para muchas de ellas.

Se sientan en círculo y tan pronto como el aroma a café e incienso se expande por el aire, recuerdan su hogar y comienzan a hablar desde el fondo de su corazón sobre lo que se les antoja, explica Said.

Esta mujer de 46 años, que huyó de Sudán hace 20, señala que esta reunión, como de grupo de terapia, ayuda a estas mujeres a ventilar sus frustraciones y a desarrollar habilidades de comunicación y socialización, que son útiles en su nuevo país.

«Las mujeres refugiadas son uno de los grupos más vulnerables, especialmente las africanas», dice Said a Efe.

«Son más proclives a sufrir acoso racial y otro tipo de agresiones debido a su color de piel y su estatus, así que es importante crear un espacio donde se sientan suficientemente a salvo para hablar y lidiar con sus experiencias negativas», añade.

Aunque la diversidad racial de los egipcios es amplia, el racismo pervive en esta sociedad desde hace varios siglos.

El pasado colonial del país bajo el imperialismo europeo y otomano juega aún un papel importante en cómo los modernos egipcios se relacionan con aquellos de complexiones más oscuras.

Palabras como «esclavo» se han usado por años para dirigirse a la gente de ascendencia africana, que ocasionalmente son estereotipados como una población inferior destinada a trabajos menores como porteros, trabajadores domésticos o recaderos.

HOGAR LEJOS DEL HOGAR

Para Aziza Adam, de 36 años, acudir al centro también significó el inicio de una nueva vida tras huir de la violencia en Sudán del Sur, donde brutales conflictos han desplazado a millones de personas.

Aprendió inglés, a cocinar y hacer ganchillo, y, mucho más importante, tomó valor para separarse de su marido tras haber sufrido violencia doméstica durante años.

«Nunca pensé que podría hacerlo, pero este centro me hizo darme cuenta de que puedo tener una mejor vida, un mejor futuro», dice esta madre de siete hijos que llegó a El Cairo hace seis años.

Adam se afana por ganarse la vida vendiendo artesanías, si bien aún recibe ayuda extra de «Tadamon».

Para estas refugiadas, «Tadamon» no es solo un lugar que ofrece servicios. Es también un símbolo de que ellas también pueden tener una vida normal.