Francisco Javier y Elsa Palou, una historia de amor sin límites

0
1540

Tegucigalpa (Especial Proceso Digital / Jorge Sierra) – La historia de Elsa Palou y Francisco Javier, no solo retrata la relación ilimitada de una madre y su hijo en condiciones especiales, también muestra ese vínculo que va más allá del amor maternal de una destacada mujer y su niño, como le llama a su hijo de 32 años.

– En el nombre de Elsa Palou y Francisco Javier se encierra la más alta expresión del amor.

– Un día de Francisco Javier basta para agradecer y ser feliz: Elsa Palau

– El rosario familiar por ZOOM es un momento muy especial para los Fernández –  Palou y todas sus ramificaciones. “Nos ha ayudado a todos a sobrellevar este tema de la pandemia”, dijo.

Elsa Yolanda Palou García, es una reconocida médica hondureña, de 68 años, quien celebra cada día dando gracias a Dios por la vida de sus tres hijos, especialmente por Francisco Javier (32), quien llegó a la vida en condiciones diferentes que marcarían su faceta de madre.

Elsa Palou, conversó con Proceso Digital para desgranar cada uno de los episodios de su vida. Esta valiosa mujer es una académica de primer nivel, se ha desempeñado como ministra de Salud, responsable de la junta de dirección del Hospital Escuela, diplomática, maestra universitaria entre tantas otras funciones. Ella es una reputada infectóloga, investigadora, médica de quien la necesite y enseña en las aulas universitarias.

La entrevistada que nació el 27 de enero de 1953 en La Ceiba, Atlántida, donde pasó su niñez y su adolescencia, contó que la descendencia de su apellido es de origen catalán. Éste procreó a su padre Guillermo Efraín Palou Luna, que a su vez se casó con su madre Dora Argentina García.

La doctora Palou junto a su esposo, hijos, yerno y nieta.

Nunca es tarde para estudiar

Su padre, de oficio ingeniero agrónomo, murió hace 23 años y su madre, una profesora de educación primaria, fue por muchos años directora de una escuela ceibeña, ella falleció hace tres años.

Tiene cuatro hermanos y su grupo familiar es muy unido, suelen reunirse siempre pese a los desafíos de la pandemia. Nos comunicamos todos los días vía ZOOM, somos católicos y desde el inicio de la pandemia hacemos un rosario diario con los primos, hermanos, sobrinos y otros miembros, confió.

A los 17 años migró a Tegucigalpa para estudiar medicina en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Su servicio social lo realizó en el Hospital Manuel de Jesús Subirana en Yoro, luego hizo el postgrado de medicina interna en la capital, seguidamente una subespecialidad en la Universidad de Texas en Estados Unidos.

Elsa palaú concursó y ganó para obtener plazas como médica en la capital hondureña, por lo que tuvo que desplazarse definitivamente desde su natal La Ceiba.

Desde muy niña sabía que sería galena. Jugaba a ser doctora con muñecas y también a curar a sus amigas de infancia.

“Con mi papá tengo una anécdota especial. Él estudió en la universidad cuando yo también la cursaba y el mismo día que me entregaron a mí el título universitario de médico, le entregaron a él su título de ingeniero agrónomo. Eso me enseñó que nunca hay edad para estudiar”, compartió.

Los momentos en familia son parte de la tradición. Aquí esta imagen antes de la pandemia.

Su familia nuclear

Casada con el cirujano guatemalteco Otto Francisco Fernández Chinchilla, procrearon tres hijos: Elsa María (dermatóloga) de 35 años, Francisco Javier (niño especial) de 32 años y José Alberto (publicista y emprendedor) de 31 años.

Además, tiene una nieta, la pequeña María José de 4 años, producto del matrimonio de su hija Elsa María con un profesional de la ortopedia.  

Francisco Javier, el alma de la casa

Mujer destacada, científica y madre hondureña.

Contó que su hijo Francisco Javier es un ser especial. Nació con una enfermedad neurológica que atrofió su corteza cerebral. Nunca pudo caminar, hablar y escuchar bien, y desde hace seis años está conectado a un ventilador mecánico invasivo.

Fue un parto normal y por ende un niño normal. Comenzó a presentar algunos síntomas que llamaban la atención a los tres meses y por ello lo llevó al pediatra, luego como las cosas se iban profundizando lo llevó al neurólogo y tras una serie de exámenes se concluyó que la corteza cerebral se le iba atrofiando con el paso del tiempo.

“El día que tuvimos ese diagnóstico yo le dije: ‘bueno Señor, hasta donde me lo prestes a mi niño, hasta ahí yo voy a luchar, dame fuerza y valor para hacerlo cada día, y hasta ahora me lo ha dado”, reveló.

Calificó como “un milagro de Dios” la vida de Francisco Javier. Los diagnósticos de los neurólogos que lo vieron en varios países dijeron que si llegaba a 10 años era mucho y que iba a ser un vegetal.

“Tiene 32 años y no es un vegetal, nos reconoce bien a todos, tiene lenguaje corporal con todos. Sabemos cuándo le molesta algo, cuándo le duele algo, cuándo está contento, cuándo está triste y él es alma de mi casa”, dijo con brillo especial en sus ojos.

Narró que cuando Francisco Javier tenía tres meses de edad lo llevó donde un reconocido neurólogo que ahora vive en EEUU y que luego lo volvió a ver a los 11 años, este galeno le confió: “Mire doctora yo no sé qué está haciendo, pero sea lo que sea usted siga porque obviamente funciona, su hijo ya se salió de lo que dicen los libros, pero usted continúe y eso es lo que hacemos, cada día lo ponemos en manos de Dios y sabemos que Dios nos lo va a prestar hasta cuando él diga, mientras tanto yo voy a luchar por él hasta el final”, aseguró.

Francisco Javier siempre está rodeado de mucho cariño.

Dijo que es por eso cuando ella trabajaba con personas infectadas con VIH-Sida, muchos colegas le decían por qué se esmeraba tanto si de todas formas estos pacientes igual se mueren, a lo que contestaba: “Yo en mi casa tengo el ejemplo, que no es cuando uno diga, es cuando Dios diga y morirse ahorita o moriste dentro de tres años no es lo mismo, es diferente, por eso lucho por mis pacientes”.

Comentó que en su caso simplemente ha actuado como lo haría cualquier mamá. “Son situaciones diferentes, pero estos niños son una bendición en la vida de uno porque ellos nos enseñan lo que de verdad vale la vida. Ni con todo el dinero del mundo yo le puedo cambiar el cerebro a mi hijo, entonces para mí un día que mi hijo esté tranquilo, contento, que no esté enfermo, que no tenga ningún proceso infeccioso agregado, que esté estable, es como que yo me hubiera ganado la lotería”, externó.

Cuando la nieta se le acerca y le da besitos, ella dice que eso “para mí es muy grande y creo que esas son las cosas que no se compran con dinero, eso hace que uno le dé gracias a Dios por haberme mandado un hijo especial”, compartió.

Ramo de flores de napoleón

Elsa Palou recordó uno de los días de las Madres más especiales de su vida. Fue cuando una de las enfermeras que cuidaba a su hijo (muy ocurrente, por cierto) cuando éste tenía 15 años y no estaba conectado al ventilador mecánico, entonces lo sentó en cama y como él podía hacer algunos movimientos de cabeza, le puso un ramo de flores de napoleón y parecía que el niño me estaba entregando el ramo… ese para mí fue unos de los días más bonitos de mi vida.

El pequeño Francisco disfruta del amor de sus padres.

Señaló que el don de ser madre es la experiencia más maravillosa que le ha tocado vivir. “Uno no se imagina la vida sin los hijos, una vez que ellos nacen, para mí mis hijos son sumamente importantes, yo no me puedo imaginar mi vida sin ellos”, citó.

La infectóloga relató que cada día comienza con la revisión médica de Francisco Javier, así como otros quehaceres de la casa, comenzar a trabajar con pacientes y la preparación de la clase que imparte en las aulas universitarias ya que son asignaturas de grado y postgrado en la Facultad de Medicina de la UNAH.

Momentos tristes y alegres

No ocultó que el día del diagnóstico clínico de su hijo Francisco Javier fue uno de los momentos más tristes de su vida. Igualmente ha sido marcada por los decesos de sus padres: hace tres años el de su mamá y hace 23 años el de su papá en un accidente de tránsito.

“Cuando Francisco Javier entró a ventilación mecánica estuvo seis meses en cuidados intensivos, en ese tiempo tocaba trabajar y estar pendiente de su situación. Creo que Francisco Javier está vivo gracias al equipo de colegas que ha trabajado siempre con él y los cuidados que le hemos brindado en la casa”, exteriorizó.

Elsa Palou fue ministra de Salud y actuamente imparte clases en la UNAH.

En cambio, narró que el día que se casó figura entre los más felices de su vida, al igual que el nacimiento de cada uno de sus tres hijos y su nieta, así como las bodas de sus hermanos y el nacimiento de sus sobrinos.

“Dios nos ha permitido tener muchos momentos felices, pero lo más importante es tener paz en medio de la tormenta”, apreció.

No es fácil ser mujer

En otro apartado, la científica hondureña valoró que no es fácil ser mujer, ser pobre, no tener educación y más aún ser madre soltera en Honduras.

“La vida se torna cuesta arriba; bajo estas condiciones, entonces creo yo que el Estado debe colaborar con las mujeres que están en esta situación. Si se le ayuda a una mujer en estas situaciones, ellas no se van a beber o usar el dinero en drogas… ellas lo usarán en alimentos, vestir y educar a sus hijos. Ayudarle a las mujeres en estas condiciones es ayudarles a las futuras generaciones”, aseveró.

Su experiencia de paciente COVID

La científica Palou García describió que luego de ser infectada de COVID-19 el año pasado y que estuvo delicada de salud, ahora ofrece consultas vía telemedicina.

“Eso me permite trabajar desde la casa, eso me permite estar más pendiente de mis hijos, pero a veces son las 12:00 de la noche y estamos todavía respondiendo consultas, sin embargo, estoy tratando que ahora después de las 10:00 de la noche ya no sea tiempo de trabajar”, adicionó.

Refirió que cuando imparte las clases a las nuevas generaciones de médicos trata de responder todas sus preguntas, pero hace mucho énfasis en la parte ética “porque la medicina sin ética es terrible”.

Relató que cuando adquirió la COVID-19, virus que contrajo atendiendo pacientes, al comenzar a sentir síntomas decidió manejarse de forma ambulatoria y evitar contactos con el resto de su familia respetando las medidas de bioseguridad.

Luchadora incansable por la salud de sus pacientes.

Cuando las complicaciones comenzaron a presentarse -prosiguió Palou- habló con dos colegas especializados en la temática, ellos recomendaron que debía ser hospitalizada.

“Estuve 10 días hospitalizada, necesité oxígeno, no llegué a necesitar alto flujo y tampoco ventilación mecánica, pero al regresar quedé con algunas secuelas como arritmias cardíacas y un poco de hipertensión pulmonar”, narró la fundadora del Servicio de Infectología del Instituto Nacional Cardiopulmonar El Tórax, donde estuvo hospitalizada.

Día de las madres

Este domingo que se consagra la celebración del Día de las Madres hondureñas, la doctora Palou aprovechó para recomendar a los hijos que las cuiden y no las pongan en peligro con eventuales contagios de COVID-19.

“Esta celebración es una de las que uno más disfruta, pero tratemos de hacerles una llamada o una videollamada o juntarnos por los medios de las plataformas digitales porque el riesgo de contagios es altísimo ahora que tenemos nuevas variantes”, recomendó.

Palou recordó que actualmente existe una alta tasa de transmisión, así como la tasa de letalidad por el virus.

A pesar que fue infectada por la COVID, sigue atendiendo pacientes.

Sugirió conservar las medidas de bioseguridad, al tiempo que recordó a la población que la vacunación hasta ahora ha sido nula en el país.

“No les llevemos el COVID a nuestras mamás, abuelas y tías. Saludémosla, mandémosle un pastel o un ramo de flores, hagámosle sentir nuestro cariño, pero evitemos las aglomeraciones, acordémonos de los repuntes de casos después de las celebraciones de Navidad y Semana Santa, Honduras no necesita otro repunte después del Día de la Madre”, finalizó.

Así concluyó la entrevista con Proceso Digital la doctora Elsa Yolanda Palou García. Una científica, doctora, investigadora y catedrática universitaria, que hoy se pone el traje de gala de madre, ese mismo que lleva pegado en la piel desde hace 35 años.