Tegucigalpa (Especial Proceso Digital/Por Lilian Bonilla) – El exilio de periodistas en Centroamérica ya no es un hecho aislado ni excepcional, lastimosamente se está convirtiendo en una constante que crece, arrastrando consigo historias de ruptura, miedo y resistencia. Detrás de cada salida forzada hay una decisión límite: abandonar el país para seguir informando o quedarse y arriesgar la libertad o más serio la vida.

Pero las consecuencias del exilio periodístico van mucho más allá del periodista. Alcanzan a sus familias, transforman sociedades y dejan huellas profundas tanto en los países que los expulsan como en los que les reciben.

La vida en pausa y familias fracturadas 

Para quien se exilia, la vida queda suspendida en un punto incierto. No hay despedidas completas ni cierres definitivos. Se deja atrás la casa, los afectos, las rutinas, y muchas veces, también la identidad.

De acuerdo con las historias compartidas de periodistas en exilio, el periodista pasa de ser una voz activa en su comunidad a convertirse en un extranjero que intenta reconstruirse desde cero. Aunque algunos logran continuar ejerciendo su profesión desde el exterior, lo hacen bajo nuevas condiciones, por ejemplo, distancia de las fuentes, limitaciones legales y, en muchos casos, bajo el temor de represalias transnacionales.

A esto se suma una carga emocional persistente que incluye ansiedad, culpa por haber dejado a otros atrás, y el desgaste de vivir en alerta constante. La salud mental se convierte en un terreno frágil, pocas veces atendido.

El impacto más inmediato del exilio suele sentirse en el núcleo familiar. Hay separaciones prolongadas, hijos que crecen a distancia, parejas que enfrentan la incertidumbre y padres que envejecen sin compañía.

En otros casos, la familia logra reunirse en el país de acogida, pero el reto apenas comienza, adaptarse a una nueva cultura, enfrentar barreras económicas y legales, y el intento de reconstruir un sentido de estabilidad.

Tres historias marcadas por el exilio.

El costo de contar la verdad lejos de casa

El exilio no comienza al cruzar una frontera, empieza mucho antes, cuando ejercer el periodismo se convierte en una amenaza constante. En Centroamérica, cada vez más comunicadores enfrentan esa disyuntiva: callar o huir.

Las historias de los periodistas nicaragüenses en el exilio, Julio López, Carlos Herrera y la directora de la Red Centroamericana de Periodistas, Angélica Cárcamo, revelan una misma realidad desde distintos ángulos: el exilio no solo marca a quien se va, sino que desgarra familias, debilita países y pone en jaque a las democracias.

“El exilio significa libertad” … pero también sobrevivir

Para el periodista nicaragüense Julio López, nicaragüense de Onda Local, el exilio fue una decisión de vida o muerte.

“Desde mi punto de vista, el exilio significa libertad”, afirmó a Proceso Digital. Y lo explica sin rodeos: “Quedarme en Nicaragua en el contexto actual implicaba estar preso o perder la vida. Así el periodismo no sirve”.

Julio, salió en 2021, en medio de una ola represiva tras un proceso electoral sin competencia real. Fue citado por el Ministerio Público, como decenas de colegas, pero decidió no asistir tras conocer que otros periodistas estaban siendo amenazados con cárcel.

López hoy continúa su labor, su voz, como la de cientos de periodistas nicaragüenses, se niega a apagarse, incluso lejos de su tierra.

Intentó salir legalmente del país, pero le retuvieron el pasaporte y terminó cruzando la frontera de forma irregular.

Su llegada a Costa Rica estuvo marcada por la pandemia. Sin documentos, sin seguro médico, contrajo COVID-19 y fue hospitalizado en estado crítico. “Llegué prácticamente muriéndome al hospital, pasé 13 días en UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), gracias a Dios sobreviví fui atendido porque era de vida o muerte”, relató.

López hoy continúa su labor, su voz, como la de cientos de periodistas nicaragüenses, se niega a apagarse, incluso lejos de su tierra.

Julio agrega que el exilio es una paradoja, porque si bien es cierto es la posibilidad de seguir informando y preservar la vida, pero también implica “empezar desde cero”.

Su historia, aunque dura, no es la más extrema. López reconoce que ha tenido mejores condiciones que otros colegas. “No me ha faltado trabajo ni vivienda”, dice. Sin embargo, conoce de primera mano testimonios de periodistas que durmieron en parques, hicieron filas para recibir comida o sobrevivieron gracias a redes de apoyo.

Según datos que compartió, cerca de 300 periodistas nicaragüenses se encuentran actualmente en el exilio, principalmente en Costa Rica, Estados Unidos y España.

Pese a todo, López insiste en que el exilio no es rendición, sino resistencia. “Es la posibilidad de continuar informando y de no renunciar a la libertad de prensa”, sostiene.

Esa convicción lo llevó incluso a editar el libro “El periodismo nicaragüense está vivo”, una obra que recoge testimonios y evidencia la resiliencia del gremio frente a la represión.

Más allá de Nicaragua, su mirada también se extiende a la región. Advierte que las condiciones para ejercer el periodismo en Centroamérica son cada vez más complejas.

El caso de Nicaragua es de los más duros, pero otros países se están pareciendo. “En El Salvador y Honduras también hay persecución, judicialización y asesinatos de periodistas”, alerta.

El miedo que no se queda atrás

Carlos Herrera, también periodista nicaragüense y cofundador del medio Divergente, coincide en que el exilio es una forma de resistencia, pero en entrevista con Proceso Digital, advierte que el miedo no termina al salir del país.

“Los arrestos comenzaron a llegar, y entendimos que, si queríamos seguir trabajando, teníamos que salir”, recordó.

Añadió que las consecuencias no solo nos afectan a nosotros, sino a la familia. Siempre existe el temor de que, por lo que hacemos, ellos puedan sufrir represalias.

Herrera se exilió en Costa Rica en 2021, tiempo después logró reunirse con su esposa e hija. Sin embargo, la sensación de seguridad se quebró cuando opositores nicaragüenses comenzaron a ser atacados incluso fuera del país.

Hoy, desde Canadá, Carlos Herrera continúa escribiendo, investigando, contando historias y haciendo periodismo, pero también aprendiendo a sanar.

Ese temor se intensificó tras hechos que marcaron a la comunidad exiliada. El asesinato del mayor en retiro Roberto Danilo Samcam Ruiz, opositor al régimen, en suelo costarricense, confirmó lo que muchos sospechaban: el alcance de la represión no tiene fronteras.

“Comprobamos que el brazo de la dictadura estaba operando fuera del país. Y en la mente de ese régimen, los periodistas también somos opositores”, señaló.

Fue entonces cuando nuevamente nace el temor y tomó una nueva decisión, ir más lejos. A través de mecanismos de protección internacional impulsados por organismos como la Organización Internacional para las Migraciones y ACNUR, logró reasentarse en Canadá.

El traslado físico no resuelve las heridas internas

Consultado por la afectación en la salud mental en el exilio, Herrera pone sobre la mesa que este es un tema del que poco se habla y es estrictamente necesario. “Somos personas que en su momento creemos que podemos con todo, pero con el tiempo el cuerpo y la mente comienzan a resentirlo”, admitió.

Ansiedad, estrés, miedo acumulado, incertidumbre. Todo se suma. Y no solo a nivel individual. “La afectación también se extiende a la familia. Hay muchas situaciones que necesitan tratamiento”, explicó.

En su caso, ha tenido que recurrir a terapia psicológica para procesar lo vivido. “Después de tantas experiencias, esto pasa factura. Es un tema al que hay que ponerle muchísima atención”, remarcó.

No obstante, pese a todo destaca que los periodistas deben seguir enfocándose en hacer el mejor trabajo posible. Para él, el rigor periodístico también es una forma de protección: “Cuando haces un trabajo preciso, casi irrefutable, eso te da cierta defensa”.

Su historia refleja una realidad compartida con cientos de periodistas nicaragüenses: el exilio como única vía para seguir informando, pero también como una experiencia que redefine la vida personal y emocional.

Hoy, desde Canadá, Carlos Herrera continúa escribiendo, investigando, contando historias y haciendo periodismo, pero también aprendiendo a sanar.

Un éxodo que se repite

“Solo entre julio y septiembre de 2025 salieron más de 40 periodistas, y en todo el año se contabilizan al menos 56 colegas que se vieron forzados a abandonar el país” :Angélica Cárcamo.

La situación no es exclusiva de Nicaragua, el exilio de periodistas en El Salvador dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en una crisis que ya se describe con una palabra más contundente, “éxodo”. Así lo advierte Angélica Cárcamo, directora de la Red Centroamericana de Periodistas, quien alerta sobre un deterioro acelerado de las condiciones para ejercer la libertad de prensa, especialmente durante 2025.

“Solo entre julio y septiembre salieron más de 40 periodistas, y en todo el año se contabilizan al menos 56 colegas que se vieron forzados a abandonar el país”, señaló. La mayoría proviene de medios digitales y comunitarios, aunque también hay casos de prensa tradicional.

Las razones son múltiples, dijo en conversación con Proceso Digital, pero coinciden en un patrón: vigilancia policial y militar, acoso en redes sociales, amenazas de captura y un entorno de creciente criminalización. 

Todo esto, en un contexto donde —según Cárcamo— no existe un Estado de derecho que brinde garantías.

El caso de la abogada y defensora de derechos humanos Ruth López, quien está próxima a cumplir un año en prisión, se convirtió en un punto de quiebre. “Fue un mensaje ejemplarizante. Muchos colegas entendieron que podían ser los siguientes”, explicó.

Desafíos constantes

Pero el exilio no es el final del problema, sino el inicio de nuevos desafíos, uno de los principales es la regularización migratoria. Obtener residencia legal en países de acogida puede tomar años, dejando a periodistas en condiciones de alta vulnerabilidad, sin acceso a vivienda formal, seguro médico o incluso servicios básicos como una línea telefónica.

Documento de viaje para refugiados en Costa Rica.

“El exilio implica dejar a la familia, empezar desde cero, conseguir cosas tan básicas como una cama, comida. Hay colegas con enfermedades crónicas que no pueden acceder a atención médica”, relató Angélica. 

En este punto Cárcamo coincidió con sus colegas que a esto se suma un factor cada vez más visible la necesidad de atender la salud mental. Ansiedad, estrés y desgaste emocional son parte de una carga acumulada que muchas veces no se atiende. “Es un tema clave, y desde la red estamos tratando de acompañar a los periodistas”, añadió.

Además, advirtió sobre un fenómeno creciente que es la criminalización transnacional, lo que implica la búsqueda de un tercer país de acogida.

Ya hablando de prevención dijo que para llegar a extremos como el exilio “la ciudadanía debe elegir gobernantes que crean en la democracia”. “Cuando se eligen gobiernos que concentran poder, lo primero que hacen es debilitar al periodismo, porque es la primera línea de defensa democrática”.

Sin prensa independiente, advierte, no hay fiscalización, aumenta la corrupción y se consolidan abusos de poder. En ese sentido, su llamado es a defender el periodismo independiente antes de que sea silenciado.

Países que se vacían y otros que reciben

El impacto del exilio también se siente a nivel estructural. En los países de origen, cada periodista que se va deja un vacío. Se reduce la capacidad de investigar, de fiscalizar, de cuestionar al poder, la información se vuelve más limitada y las narrativas oficiales ganan terreno.

Algunos medios cerrados en Nicaragua ahora en el exilio.

“Cuando el periodismo se debilita, la democracia también”, resume Cárcamo.

En los países de acogida, el desafío es distinto, integrar a quienes llegan en condiciones de vulnerabilidad, muchas veces sin recursos ni redes de apoyo.

Pese a todo, hay un hilo común en las historias de López, Herrera y Cárcamo, la decisión de no callar. Así,  el exilio no es solo una tragedia personal. Es una señal de alerta para toda la región.