Huir por mar de un matrimonio forzado

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Penda Gueye, de 34 años, llegó a Canarias en patera, huyendo de la obligación de casarse con un hombre cuarenta años mayor que ella. Ahora, aunque no quiere volver a Senegal, no ve en Tenerife opciones de futuro y añora a sus hijos. EFE/Miguel Barreto

Santa Cruz De Tenerife (España) – Para huir de un matrimonio forzado con un familiar, Penda Gueye, de 34 años, no solo decidió arriesgar su vida y subirse a una pequeña embarcación con destino al archipiélago español de Canarias (Atlántico), sino que tuvo que dejar en su país, Senegal, a sus tres hijos.

Esta senegalesa, en una entrevista con Efe, afirma entre lágrimas que su vida no ha sido fácil y relata que a la angustia de verse obligada a casarse con un hombre cuarenta años mayor que ella, dos divorcios y la muerte de sus padres, suma ahora la soledad de encontrarse en una isla, Tenerife, donde añora a sus hijos, no conoce a nadie ni habla el idioma y donde tampoco ve opciones de futuro.

Los problemas comenzaron cuando se divorció de su segundo marido y la presión familiar la forzó a casarse con un familiar lejano, mucho mayor que ella, con el que no comparte nada.

«Desde que era pequeña me habían dicho que me tenía que casar con él, por tradición, pero yo nunca he querido estar con una persona que no quiero», asegura la joven senegalesa.

La insistencia fue tan grande por parte de sus familiares que Penda, muerta de miedo y sin más recursos que sus propias manos, con las que se ganaba la vida haciendo trenzas en Saint Louis, al noroeste de Senegal, consideró que lo mejor que podía hacer por sus hijos y por ella era desaparecer.

Primero se fue a Mauritania, país limítrofe con Senegal, donde vivió como pudo trabajando en la pesca, sin más perspectivas de futuro.

«Lo único que tenía en la cabeza en ese momento era salir de Senegal para huir de un matrimonio que no quiero», manifiesta Penda, víctima de esta tradición familiar que se niega a asumir.

Casi un año después llegó su gran oportunidad, un amigo, Boubacar, le comentó la posibilidad de emigrar a España, donde creía que podría tener más y mejores opciones laborales y poner un océano por medio del hombre con el que nunca quiso casarse.

No lo dudó, fue la única mujer en subirse a una pequeña embarcación, conocidas como pateras, que llegó el 8 de enero a Tenerife, después de un viaje de ocho días que compartió con más de 40 personas entre las que solo conocía a Boubacar y que prefiere no recordar.

Su patera está investigada por la Justicia para averiguar quién es el patrón y si hay una organización criminal detrás, por lo que Penda, quien fue nombrada testigo, no pudo salir de Tenerife, a pesar de que tener billetes de avión comprados para poder hacerlo.

Atrapada en esta isla canaria, donde vive en un centro de una ONG específico para mujeres y sus hijos, y privada de libertad cuando solo es testigo, la joven afirma que necesita un trabajo para poder enviar dinero a sus hijos, de los que ella y sus familiares se hacen cargo, pues sus exmaridos no quisieron asumir ningún tipo de responsabilidad.

El tiempo pasa, ya lleva más de cinco meses en Tenerife, en un limbo que no le permite avanzar y que trata de llenar haciendo pulseras con coloridos hilos que luego vende para comprar algo de comida de su gusto.

Siempre con el celular en la mano para ver si logra captar alguna red wifi que le permita contactar con sus familiares y saber algo de sus hijos, Penda, harta de ver pasar un día tras otro sin trabajo y sin ilusiones, decidió dar un paso más y solicitó el asilo.

Confiesa que es su única opción para poder tener una vida digna y es su esperanza para poder traer a sus hijos con ella a España, donde cree que pueden tener un mejor futuro.

Mientras tanto, aprende español, un idioma que, aunque le hubiese gustado, no pudo aprender en la escuela que abandonó con diez años para ayudar en casa cuando su madre enfermó.

La desidia no puede con ella y aprovecha cualquier ocasión, como esta entrevista o ir al supermercado, para practicar el español, que intercala con francés y wolof de forma espontánea.

«Inshallah» dice en la despedida, cuando le desean que todo se resuelva pronto para que pueda reunirse con Moussa, Amadou y Maye, sus tres hijos de quienes, muy a su pesar, se vio obligada a separarse para huir de un matrimonio forzado.