Los trabajadores ilegales del golfo, entre la espada y la pared por la COVID

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Manama .- En Baréin y en otros países del golfo Pérsico miles de trabajadores extranjeros irregulares, en su mayor parte del subcontinente indio y de Extremo Oriente, están entre la espada y la pared y ante una situación imposible: ser ilegal y vivir seguro.

Trabajar y contagiarse o no trabajar y no cobrar; tener atención médica y arriesgarse a ser detenido y deportado o esquivar el apoyo sanitario para seguir trabajando; salir de una casa hacinada de gente o ir a un colegio reconvertido en refugio. No hay una sola decisión fácil para un trabajador extranjero ilegal en Baréin.

Como el resto de países vecinos, las autoridades bareiníes han aplicado estrictas medidas de cuarentena y distanciamiento social a los trabajadores extranjeros en el país, una comunidad donde el coronavirus parece haber hecho particular mella.

Desde que empezó a contar casos de COVID-19 a finales de febrero Baréin ha registrado más de 2.800 positivos y alrededor de un millar de ellos son trabajadores inmigrantes.

En medio de una situación de ralentización económica y pese a que algunos miembros del Parlamento han propuesto que los ilegales sean deportados, el Gobierno de Baréin no ha optado por hacer grandes deportaciones como en Kuwait, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos pero varios cientos de inmigrantes han sido repatriados.

INMIGRANTES ILEGALES

Baréin como muchos países del golfo han dependido durante décadas de inmigrantes baratos para los sectores industriales, construcción y la venta al público.

Países como Arabia saudí, Kuwait, Emiratos y Catar han atraído a más inmigrantes por su bonanza económica pero ninguno de ellos han generado un marco de protección mínimo para estos trabajadores y en sus países de origen prefieren mirar hacia otro lado mientras siguen recibiendo las remesas.

De acuerdo con el Banco Mundial, la población de Baréin en 2018 era de 1,5 millones de habitantes y la cifra de extranjeros viviendo en el país a fecha de 2015 era de 704.000. De las 748.000 oportunidades de empleo que hubo el año pasado 595.000 fueron cubiertas por extranjeros.

Muchos llegan con una “visa libre”, un permiso de trabajo que se logra con el patrocinio de un bareiní. Eso ha generado redes que pueden llegar a cobrar entre 1.300 y 1.600 dólares a un inmigrante generalmente asiático a cambio de una entrada legal que le seguirá costando mensualmente un dinero.

El salario medio para un trabajador inmigrante es de unos 336 dinares bareiníes o unos 890 dólares, un dinero que a la mayoría no le da para otra cosa que vivir hacinados en casas que comparten para ahorrar cuanto pueden.

Este mes HRW llamó a los países del golfo Pérsico a reducir las detenciones de inmigrantes ilegales, incluidos trabajadores indocumentados, lo que ha llevado a arrestos y deportaciones.

También pidió que no sean llevados a centros de detención de inmigrantes especialmente si su regreso a casa no puede producirse en las actuales condiciones.

HUIR DEL CONTROL

Las autoridades están aplicando test aleatorios y han transformado algunas escuelas en refugios para inmigrantes donde pueden escapar del hacinamiento que muchos encuentran en sus pequeños hogares.

Pero hace falta mucho más para evitar la exposición de los trabajadores inmigrantes al virus.

Gopal es uno de los cientos de trabajadores que miran con nerviosismo a un grupo de empleados de salud y policías en un control en una concurrida esquina de Manama.

La mayoría no quiere hablar con periodistas ni con nadie que haga atraer la atención sobre ellos y simplemente tratan de desaparecer entre la multitud ante los ojos de quienes hacen test.

“Si me quedo en casa durante un día y no voy a trabajar eso significa que no podré pagar la renta a final de mes, comprar comida y enviar dinero a casa”, dice a Efe este indio de 45 años padre de dos niñas que ha logrado esquivar el punto de control médico.

“No tengo permiso de trabajo y si me pillan seré deportado. Prefiero asumir el riesgo que ser deportado y puesto en una lista negra que me impida volver”, afirmó.

Iqbal, también indio y de 26 años, trabaja en la construcción y no tiene tiempo para la COVID-19 en su cabeza.

“Me levanto al amanecer para coger el autobús y trabajamos hasta tarde y para cuando vuelvo a casa ya es hora de cenar, tomar una ducha y dormir”, dice.

Entiende que “esta gripe” es seria y que está produciendo muchos muertos y que por eso la gente lleva mascarillas y guantes, pero cuando se le pregunta por la “distancia social” parece confuso porque todo a su alrededor discurre entre una multitud.

“Todo lo que sé del virus es de una pequeña charla que nos dieron durante un descanso en el trabajo”, dice. 

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