Resistir o volver, el dilema de los inmigrantes atrapados en Canarias

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Mohamed (2d) junto a varios compañeros del campamento. EFE/ Elvira Urquijo A.

Las Palmas de Gran Canaria (España) – Después de sobreponerse a la experiencia traumática de lanzarse al mar en embarcaciones precarias y de noches durmiendo a la intemperie para poder llegar a Europa, algunos de los inmigrantes irregulares atrapados en campamentos humanitarios en las islas españolas de Canarias se plantean la opción de volver a sus países.

En Las Palmas de Gran Canaria más de 400 personas, la mayoría originarios de Marruecos, conviven desde hace meses en uno de esos campamentos, gestionado por la Fundación Cruz Blanca, de los Hermanos Franciscanos.

Ellos son parte de los miles de indocumentados que han llegado a las Islas Canarias procedentes del continente africano en el último año.

En 2020, 23.023 personas arribaron al archipiélago español de manera irregular y sólo en el pasado enero lo hicieron 2.077, un 188% más que en el mismo mes del año pasado.

Apenas una pequeña parte ha sido derivada a otros lugares de la península y muchos comenzarán a ser devueltos a sus países de origen con los que España tiene acuerdos.

«Aquí dentro hay personas que sufren en silencio. Han dejado atrás una familia en Marruecos y allí esperan de ellos que envíen ayuda. Es un gran problema, no hemos llegado hasta aquí solo para comer y dormir, queremos completar el viaje a España», explica Mohamed, de 22 años.

Mohamed, que se expresa con cierta soltura en español, es uno de esos más de 400 indocumentados que ven pasar las semanas en el campamento humanitario de Las Palmas.

«Sé de personas que quieren volver a Marruecos, porque llevan cuatro o cinco meses aquí y aún no han salido. Es normal pensar en volver. Hay gente que ha perdido la paciencia y quiere regresar a Marruecos, esto no es vida», señala Mohamed, aunque precisa que en el campamento reciben buen trato.

«LA DEVOLUCIÓN ES LA MUERTE»

La queja es, dice el joven marroquí, por el bloqueo al que llevan sometidos dos meses, que les impide tomar un vuelo o un barco a la España continental.

De momento Mohamed no se rinde. «Paciencia y perseverancia», repite, mientras otros chicos del campamento se arremolinan a su alrededor y despliegan ante la cámara pancartas para hacer visible su situación: «La devolución es la muerte», «Migrar no es un crimen».

«Estoy aquí para trabajar, porque en Marruecos no hay futuro», dice Mohamed, y asegura que ninguno de sus compañeros se lanzó al mar con la idea de quedarse en Canarias, sino para continuar hacia la península.

«Pagamos mucho dinero para llegar aquí, no para volver a Marruecos. Yo tengo miedo de volver, no quiero volver jamás. De Marruecos no quiero nada», insiste.

El miedo a ser detenidos y devueltos a su país ahuyenta cualquier intención de acudir al aeropuerto y comprarse un billete.

Las autoridades canarias sostienen que los controles policiales desplegados en los aeropuertos de las islas no responden a la intención de impedir la salida de los inmigrantes o a un plan para retenerlos en las islas, sino a las restricciones de movilidad impuestas por la pandemia de coronavirus.

Las ONG y los abogados que trabajan con el colectivo no se creen esa explicación y denuncian que desde diciembre no se permite a los inmigrantes tomar un vuelo al resto de España o a otros países de la Unión Europea, aunque tengan pasaporte.

Por eso, los detienen o simplemente la Policía los entretiene durante horas para examinar sus documentos, siempre hasta que su avión ha despegado, alegan.

ATAQUES RACISTAS

El campamento donde reside Mohamed está en El Lasso, un barrio de Las Palmas de Gran Canaria con altos niveles de paro, pobreza y exclusión social, donde los inmigrantes no han sido bien recibidos por todos los vecinos.

De hecho, varios de sus residentes han sido blanco de agresiones y la Fundación Cruz Blanca ha denunciado que de forma repetida les lanzan piedras desde fuera.

«A mí me agredieron vecinos, aquí en la calle, y a un amigo lo golpearon. Ahora no puedo salir libre, como hacía antes. Antes salía, no tenía problemas. Ahora tengo mucho miedo. No hablo de todos los vecinos, porque en todo país no todos son iguales. Aquí hay tanto personas buenas como malas. También hay gente que me trata bien», dice Mohamed.

E insiste en que solo piden que les dejen continuar su viaje hacia la Europa continental: «Hay compañeros que me dicen, no puedo vivir mucho más así. Solo deseamos ver una solución».