Una nueva ola del Me too latinoamericano se levanta contra el abuso de poder

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Fotografía de archivo fechada el 4 de diciembre de 2019 que muestra a cientos de mujeres que se manifiestan con la interpretación del tema "Un Violador en tu Camino", al interior de la Expo Guadalajara, en Jalisco (México).EFE/Francisco Guasco

Bogotá – «Desperté y él estaba sentado sobre mí y me pegaba en la cara con su pene». «Era mi profesor y me pedía fotos desnuda». «Agarró mi mano e hizo que lo tocara para sentir su erección. Yo seguía diciendo que no».

«No». Dos letras que al unirse crean un adverbio poderoso pero muchas veces ignorado que expresa «negación», es lo que han dicho miles de mujeres en América Latina que han sido víctimas del uso del poder con fines sexuales.

Sus relatos sobre tocamientos, insinuaciones o aproximaciones físicas por parte de personas con una posición privilegiada debido a su desempeño profesional como actores, deportistas, periodistas, educadores, políticos o cantantes han sido menospreciados, cuestionados y ridiculizados en una región en la que, sin embargo, al año mueren 60.000 mujeres a manos de un hombre.

Esa cifra de ONU Mujeres se une a otra según la cual tres de cada diez latinoamericanas sufren de violencia física o psicológica.

Por ello, que el colectivo feminista chileno «Las Tesis», que creó el performance «Un violador en tu camino», haya sido seleccionado la semana pasada por la revista Time como una de las 100 personalidades que han marcado el 2020 deja entrever que se aproxima a América Latina una contundente «segunda ola» del movimiento «Me Too» (Yo También), que desnudó al machismo.

OPORTUNISTAS, PUTAS O LESBIANAS

Si bien el «Me Too» nació en 2017 en las redes sociales para desenmascarar las agresiones del productor de cine estadounidense Harvey Weinstein contra actrices de la talla de Gwyneth Paltrow, a quien le sugirió que le diera «un masaje», o Angelina Jolie, a quien se acercó «de manera indeseada», la indignación se regó por el mundo.

De inmediato, esa frase que denota empatía puso frente al espejo a un viejo conocido en el vecindario: El machismo latinoamericano.

Entre risas cómplices y miradas evasivas esta parte del mundo se volvió «laxa con la violencia simbólica y por eso se cree que solo se puede denunciar una violación como tal y eso no es así», explicó a Efe el doctor en sociología Carlos Charry.

En nuestros países, culturalmente existe una jerarquía masculina que hace que, aún hoy, muchas mujeres duden a la hora de denunciar el acoso de profesores, jefes o gente reconocida públicamente para evitar problemas.

Ese miedo se basa en el hecho real de que cuando alguna denuncia hay quienes le restan credibilidad a su testimonio con frases como: «Es una oportunista», «será lesbiana», «se viste como una puta» o «seguro se le insinuó porque él es exitoso».

Esa violencia que se esconde detrás de chistes o estereotipos en donde se refuerza la idea de que el hombre es superior a la mujer y puede ejercer control y fuerza sobre ella «es el principal obstáculo para la visibilización del problema», indicó Charry, director de la maestría en Estudios Sociales de la colombiana Universidad del Rosario.

Por lo tanto, buena parte de la razón de ser del «Me Too» y «Un violador en tu camino» no solo es generar la implementación de leyes sino transformar la conciencia individual y colectiva frente a esas incómodas situaciones.

LAS LATINOAMERICANAS NO QUIEREN CALLAR MÁS

«No a bañarme con él. No a dejarlo que me hiciera sexo oral. No a desnudarme junto con otra mujer. No, no, no, no, no».

Así describió la actriz mexicana Salma Hayek al diario The New York Times el acoso de Weinstein, cuya empresa, Miramax, puso la mitad de los 12 millones de dólares que costó la película «Frida», que ella protagonizó y por la que fue nominada a un premio Óscar.

La ira por el «no» de Hayek a sus propuestas llegó al punto de que en una ocasión Weinstein le gritó: «Te voy a matar, no creas que no puedo».

Ese temor paralizante también lo vivió la actriz argentina Thelma Fardín, quien en 2018 denunció a su excompañero de reparto Juan Darthés de violarla, a los 16 años, cuando trabajaban en la novela «Patito Feo».

Una noche, durante una gira por Nicaragua, «comenzó a besarme el cuello. Me agarró la mano, me hizo que lo tocara y me dijo ‘mirá cómo me ponés’, haciéndome sentir su erección. Me tiró en la cama y me bajó el short. Yo seguía diciéndole que no. No le importó. Se subió encima mío y me penetró», relató Fardín en un video.

A partir de ese momento el «Me Too» argentino cobró tanta relevancia que el 15 de noviembre de 2019 la Interpol emitió una circular roja para detener a Darthés y han salido a la luz casos como el del senador José Alperovich, denunciado por violar a su sobrina, y el del cantante Cristian Aldana, quien fue condenado a 22 años de prisión por abusar sexualmente de cuatro menores de edad.

Las denuncias han salpicado también los titulares de Chile. Allí, el cineasta Nicolás López fue imputado por ofensas al pudor, violación y abuso sexual a cinco mujeres y luego de conocerse lo anterior otras 12 víctimas se animaron a hablar.

También, sobre el productor de televisión Herval Abreu pesan los testimonios de siete víctimas del mundo del espectáculo que le acusan de acoso sexual, abuso de poder y vejaciones.

Motivadas por ese creciente apoyo transfronterizo, el 1 de septiembre de 2020 aparecieron en redes sociales una serie de denuncias anónimas contra el cineasta peruano Frank Pérez-Garland.

«Yo tenía 17. Me pedía fotos. Le dije que no podía y me decía ‘tienes que crecer'», se leía en uno de los relatos, ante lo que Pérez-Garland confesó que «por mucho tiempo» sedujo «de manera intensa y en algunos casos invasiva a compañeras de trabajo y alumnas».

Gran impacto tuvo asimismo el caso de la actriz mexicana Karla Souza, quien en 2018 declaró que había sido violada por un director de cine al inicio de su carrera, sin dar el nombre del agresor.

En respuesta, el grupo Televisa rompió toda relación con el director Gustavo Loza, acusándolo directamente de lo ocurrido, y mostrando apoyo a Souza.

Así, el «Me too» contribuyó digitalmente al crecimiento en las calles del movimiento feminista en México, en donde son asesinadas cada día 10 mujeres y se aviva a diario con protestas, como la reciente ocupación de la sede de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y marchas en rechazo a la violencia cotidiana.

Además, el escándalo mediático sirvió para que los ojos se pusieran sobre los presuntos abusos del escritor Herson Barona, el entrenador deportivo Francisco Rueda y el bajista de la banda «Botellita de Jerez», Armando Vega-Gil.

EQUIDAD DE GÉNERO PARA DETENER EL ACOSO

En Colombia, las periodistas Angie Castellanos y Alejandra Umaña desataron un huracán informativo al afirmar que fueron acosadas por el cronista Alberto Salcedo Ramos, galardonado en 1998 con el Premio de Periodismo Rey de España y cinco veces ganador del Premio Simón Bolívar, el más importante del país andino.

En la plataforma Las Igualadas, del diario El Espectador, Castellanos y Umaña narraron cómo en 2011 y 2013, respectivamente, Salcedo, quien también es profesor universitario, las besó a la fuerza y tocó sus cuerpos en contra de su voluntad, mientras que a la última la obligó a poner la mano en sus genitales.

«Me tomó mucho tiempo entender completamente lo que había pasado. He escuchado a otras mujeres que pensaron: ‘tal vez solo se le fue la mano hoy conmigo, tal vez hubo una confusión y por eso se portó así’. Yo también intenté normalizar la situación, pero tocar o besar a alguien a la fuerza nunca será algo normal ni aceptable», sostuvo Castellanos a Efe.

Este caso aparece tres meses después de que la revista Volcánicas publicara una investigación en la que ocho mujeres señalaron al cineasta colombiano Ciro Guerra de supuesto acoso y abuso sexual.

Los testimonios incluyen charlas de WhatsApp con el director de la aplaudida cinta «El abrazo de la serpiente» en las que «sigue un patrón que incluye incómodas conversaciones de índole sexual, invitaciones a su hotel o apartamento, y el uso de la fuerza para tocarlas sexualmente o besarlas».

«La cohersión sexual por roles de poder no implica que la víctima tenga que estar atada o amenazada con un arma. Por eso, no es lo mismo ser agredido por un desconocido que por el jefe, un profesor, político, deportista o artista a quien se admira», aclaró la psicóloga Mayra Gómez-Lugo, investigadora en sexualidad humana de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz.

En los casos expuestos «la inequidad en el poder ha permitido el abuso» porque el hecho de que estos hombres tengan jerarquía sobre las víctimas «hace que ellas no puedan reaccionar en el momento por miedo a las consecuencias, tales como perder el empleo o el año escolar», sostuvo Gómez-Lugo.

Afortunadamente, el camino para que se dé una verdadera equidad de género ya se empezó a recorrer y si bien algunos hombres acosan sexualmente porque quieren, como lo aseveró Salma Hayek: «las mujeres estamos hablando porque, en esta nueva era, por fin podemos hacerlo».

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